Javier Coves, paisajista: “Un jardín sostenible funciona casi solo; evoluciona con el tiempo y nos enseña que la belleza puede ser austera”

Durante varios años, el paisajista Javier Coves dirigió su propia agencia de marketing, pero, lejos de estar contento, sentía que el exigente día a día asfixiaba su parte creativa. Llegó la pandemia y Coves se dio cuenta de que era el momento de buscar otro camino profesional. Siempre le habían fascinado los jardines y las plantas y decidió que el paisajismo sería el siguiente paso. Tras formarse en la British Academy of Garden Design, arrancó ese nuevo camino, que culmina ahora con la inauguración de un jardín experimental en Valencia: un espacio de 4.000 m² donde recibe a clientes, arquitectos y marcas e investiga y observa especies autóctonas.
¿Por qué has diseñado este nuevo jardín?
“Durante mucho tiempo busqué un lugar donde ubicar mi estudio y poder experimentar y aprender directamente de las plantas: probar nuevas especies, observar cómo responden al estrés hídrico o a distintos tipos de sustrato técnico, y comprender cómo dialogan entre sí a lo largo de las estaciones y los ciclos naturales de cada una”.
¿Es un lugar abierto a todo el mundo?
“Lo concibo como un espacio vivo y abierto, que recibe visitas de clientes, arquitectos y marcas vinculadas a la industria. También es un punto de encuentro porque nuestro enfoque de paisajismo naturalista mediterráneo es poco común y resulta difícil encontrar ejemplos reales y visitables. Este jardín intenta llenar ese vacío”.
Dices que has planteado este nuevo jardín de 4.000 m² en Valencia desde una perspectiva consciente y sostenible más que decorativa. ¿Son ambos enfoques incompatibles?
“No son incompatibles, pero cuando un jardín se concibe comprendiendo el clima, el suelo, el agua y los ritmos naturales de cada especie, la belleza surge de manera espontánea. Si el objetivo es únicamente la estética, se corre el riesgo de forzar el paisaje y perder autenticidad. Siempre buscamos diseñar jardines donde la intervención humana sea casi imperceptible: donde todo está pensado al milímetro, pero no se nota”.
¿Y cómo se organiza el jardín?
“Mi jardín experimental se organiza en distintas zonas, cada una con un propósito diferente. Hay un área puramente experimental, donde por cada metro cuadrado se cultiva una especie, sin intención de diseño, más allá del aprendizaje y la observación. Otras zonas, en cambio, están cuidadosamente compuestas, con forma, ritmo, movimiento y evolución, para que la experiencia del visitante sea tanto estética como sensorial”.
El nuevo jardín cuenta con más de 200 especies mediterráneas. Tu intención es ir aprendiendo de ellas. ¿Crees que alguna te va a sorprender?
“Cada día que visito el jardín descubro algo nuevo. La parte más interesante de cada jardín es observar sin expectativas. Aunque conozco bien muchas especies y sé qué esperar de ellas, me ilusiona ver cómo se comportan en comunidad o de forma independiente. Todas son especies de bajo consumo hídrico y están perfectamente adaptadas al clima mediterráneo. Esos son los valores sobre los que se construye nuestro trabajo”.
¿Tienes alguna especie preferida?
“Tengo una especie que considero mi musa: la Pistacia lentiscus. La utilizo en el 90% de mis jardines. Es una planta increíblemente versátil: soporta bien el sol y la sombra. Acepta muy bien la poda y se puede modelar, pero también tiene una belleza natural cuando se deja libre. Es autóctona, huele bien, tiene unas bayas rojas preciosas y, sobre todo, necesita muy pocos recursos hídricos, algo esencial para nosotros y coherente con los valores del estudio. Más allá de sus virtudes estéticas, me gusta porque representa esa forma de entender el paisaje que perseguimos: plantas que conviven con el entorno, que no exigen más de lo que la tierra puede ofrecer y que, con el tiempo, se integran de manera casi invisible en el paisaje”.
Hace un año fundaste la Asociación Paisaje Mediterráneo con la idea de promover la creación de jardines terapéuticos. ¿Cuáles son las pautas básicas para diseñar un jardín terapéutico?
“Un jardín terapéutico no busca impresionar, sino generar bienestar: calma, conexión y seguridad. Cada elemento —la sombra, el sonido del agua, los aromas o las texturas— se piensa desde la escala humana. Cada grupo de personas requiere un enfoque distinto: personas con movilidad reducida, pacientes hospitalarios o niños. El jardín se adapta a sus necesidades físicas y emocionales, convirtiéndose en un espacio inclusivo y de cuidado. Desde la Asociación llevamos a cabo la restauración de jardines escolares dañados por la DANA: una experiencia que está confirmando el poder del paisaje para sanar y acompañar”.
¿Cómo diseñarías un jardín relajante?
“Cada jardín, en realidad, debería responder a esa pregunta: debe ser un lugar que invite a detenerse y disfrutar con todos los sentidos. En todos nuestros proyectos hay principios que se repiten: las formas orgánicas que evocan el paisaje natural, los caminos que atraviesan el jardín para experimentarlo desde dentro —como si los animales trazaran el camino en la naturaleza— y una selección de especies que conviven y se entrelazan para crear un ambiente espontáneo y lleno de matices. También diseñamos refugios: espacios dentro del jardín que te acogen, que te hacen sentir parte de él; y valoramos profundamente el paso del tiempo: las estaciones, los cambios, las plantas que florecen en primavera o en otoño, las que se tornan doradas o las que reposan en invierno. Abrazamos la belleza de lo efímero: las estructuras secas, las semillas que esperan su momento bajo tierra…”.
Aseguras que “la emergencia climática nos obliga a repensar nuestra relación con el entorno”. En lo que se refiere al jardín, ¿podrías dar algunas pautas para diseñar un lugar atractivo y sostenible?
“La palabra sostenibilidad se ha convertido en un término muy utilizado y, en muchos casos, se emplea más como reclamo de marketing que como una práctica real. En el jardín, la sostenibilidad empieza por algo tan básico como respetar el lugar. Una correcta selección de especies es esencial: reduce el consumo de agua, la necesidad de fertilizantes, las podas, los tratamientos y, en general, el mantenimiento. La clave está en no adaptar el entorno a las plantas, sino las plantas al entorno. Un jardín sostenible funciona casi solo; evoluciona con el tiempo y nos enseña que la belleza puede ser austera”.
Para un cliente con un jardín de tamaño mediano (unos 300 m²) en un clima mediterráneo, ¿qué especies recomendarías para disfrutar de un jardín relajante y fácil de mantener?
“En un jardín mediterráneo de tamaño medio, lo más importante es construir una base estructural sólida con especies que soporten el clima y requieran pocos recursos. Yo empezaría con una buena base de arbustivas que aporten forma y textura, como la Pistacia lentiscus (lentisco), o la Phillyrea angustifolia (olivilla). Para darles sombra y verticalidad, añadiría algún árbol multitronco como el madroño o la encina, y quizá algún frutal mediterráneo —almendro o granado— que aporte estacionalidad y vida.
¿Y si ese jardín está en un clima continental, como el del centro de España?
“Trabajaría con la misma filosofía —estructura, naturalidad y especies resilientes—, pero adaptando la paleta vegetal a inviernos fríos, veranos secos y fuertes contrastes térmicos. Mantendría la idea de base arbustiva, pero elegiría especies más rústicas, como el Buxus sempervirens o el Taxus baccata. Para dar volumen y presencia, introduciría Amelanchier ovalis, Cercis siliquastrum o incluso alguna variedad de Acer si buscamos algo más estructural y longevo. En el estrato medio y bajo, combinaría vivaces resistentes como Echinacea purpurea, Verbena bonariensis, Centranthus ruber albus, Achillea millefolium y Nepeta x faassenii con gramíneas como Pennisetum alopecuroides y Calamagrostis x acutiflora ‘Karl Foerster’. Funcionan muy bien en climas extremos, aportando textura, movimiento y ese carácter suelto y naturalista. Para acompañar la estacionalidad marcada del clima continental, jugaría con floraciones potentes en primavera y verano, y con estructuras persistentes y tonos secos en otoño-invierno”.
